Señor, es hora de regresar a ti para encontrar una nueva orientación. Es hora de volver a dialogar para escuchar aquello que tienes que decirme.

Es fácil sentir tu voz porque hablas en el sonido de mi pensamiento cuando lo dejo fluir sin capturarlo, sin aferrarlo, sin reducirlo a mí para retenerlo en la jaula de aquello que creo saber de mí, de ti y de todo el mundo.

Yo deseo dialogar contigo, Señor, deseo pensar, porque el pensamiento humano es raciocinio, siempre es una respuesta en forma de pregunta y una llamada constante que me alcanza. Mi acción bloqueada Señor, ¿eres la oscuridad sobre la tierra o soy yo quien está en la sombra de mi temor? Parece que no vivo más. ¿Qué clase de trabajo realizo? No tengo compromisos ni una ocupación precisa. ¿Es una consecuencia de la naturaleza de mi búsqueda o es otra cosa? ¿Un residuo neurótico e infantil que me aleja de todo propósito más organizado? Sí, Señor, tengo miedo de comprometerme en situaciones inapropiadas. Tengo miedo de empeorar la locura del mundo. Esto no me agrada y no me interesa. Por eso tengo miedo de emerger, y me mantengo al mínimo, tan solo como administrador de mí mismo. Pero, entonces, me desespero y enojo, me siento poco ocupado, un parásito. Estancado, como si tuviera un bloque de hielo en mi corazón. Deseo servirte, Señor, deseo existir, vivir, ofrecerme todo a tu favor. Dame acciones que no me alienen. Yo soy un hombre occidental, estancado dentro de un movimiento alucinante, entre un final acelerado. ¿Hacia dónde, Señor, nos dirigimos? “Tú aún tienes miedo de actuar entregándote, esforzándote. Reaccionas así por falsas motivaciones. Pero sientes el movimiento del amor que intenta dilatarse en ti. Así se agranda la grieta en la cáscara que se hunde. Abre tu corazón a la onda creciente del mar, y tu acción más grande, créeme, será esperada por los más dementes”. El corazón dividido paraliza la acción No me aventuro a la plenitud de la vida, me reservo, no arriesgo, vivo en una base porcentual. Señor, estoy deprimido, estancado y desmotivado.

“¿De qué tienes miedo?”. Tengo miedo de estar errado, de sufrir, de ser destruido, desintegrado. Tengo miedo de perderme, de equivocarme, de caer. Tengo miedo, y lo expreso con todo mi ser, de no estar en lo correcto y, por consiguiente, sería condenado. En consecuencia me detengo, me esfuerzo para fingir y controlarme. Y esto me estanca terriblemente y me hace sentir desesperado. Desde pequeño en mi familia era así. Siempre debía controlarme y estar alerta. No podía ser espontáneo ni descargar toda mi rabia. Debía simular razonamiento, calma y desapego. Pero dentro rugía el odio. “¿Entonces pensabas que en ti la verdad más clara era el odio?”. Sí, el odio: arriba, en la superficie, estaban la simulación y el control, pero debajo rugía el más acérrimo odio. “Por eso tienes miedo de aventurarte con todo tu ser en la vida. Tú crees ser violento y destructivo bajo la corteza de tus fingimientos”. Y esto es en verdad desesperante: finjo, miento, me esfuerzo y me aíslo en el fingimiento sin obtener nada auténtico, nada que en verdad me pertenezca ni me satisfaga, pero si libero mi corazón y me vuelvo destructivo y cruel, me condenaría al aislamiento. “Tu corazón no es destructivo, recuérdalo, sino tus deformaciones. Debajo de todos los fingimientos y debajo del odio, debajo de tus esfuerzos desesperados y de tu miedo está la integridad que se llama Corazón”. Ayúdame, Señor, y dame un corazón capaz de crear: con todas las fuerzas, es decir, felizmente. “Motívate siempre conmigo, hombre que estás en la penumbra, y tu expansión será perfecta y sin escapes. Es grande la acción que viene bajo la curva del ocaso. ¡No temas! El corazón de la fuerza soy yo. Yo soy la fuente de la donación, de la vida hecha sin interrupción”.

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